La película a pesar de su gran calidad visual y animación, así como algunos números musicales destacables, falla en la búsqueda de actualizar el concepto de familia, en un narrativa irregular, en ocasiones sin sentido y con personajes exageradamente simples.
Por: Víctor I. Castro | @Chikoelektriko
Es el sexagésimo clásico de Disney, en un viaje que inició en 1937 con «Blanca Nieves y los Siete Enanos» y que ha llegado a tierras colombianas para brindar al mundo arepas, vallenato y claro, una familia: la Familia Madrigal.
En este viaje, Disney ha aprendido, construido y deconstruido muchos de sus conceptos familiares, siempre dependiendo del consenso moral de cada época. Ahora, en esta búsqueda de explorar nuevos mundos, e intentando alejarse de los estereotipos que hicieron en el pasado, por ejemplo «Buenos Amigos» o «Los tres caballeros», nos lleva a tierras sudamericanas bajo la influencia del realismo mágico.
Tenemos cómo protagonista a Mirabel Madrigal, una joven que pertenece a una familia que ha sido bendecida con poderes y una casa mágica. Sin embargo, Mirabel no adquirió ningún poder, por lo que ante el quasi bautizo mágico de un nuevo integrante de la familia comienzan a complicarse las cosas. La casa y la magia están en riesgo y Mirabel intentará salvarla de su destrucción… ¿o no?
La historia no es confusa porque tenga un nivel de complejidad elevado, es confusa porque tiene serios problemas en la estructura de la narración. Pareciera que buscaron realizar giros tras giros tras giros, sin que, en su segundo acto, se llegara a un punto en específico. Y cuando parecía llegar, volvía a girar.
El argumento de la cinta parecía y por momentos captó más mi atención; sobre todo cuando creí que se acercaba al punto que buscaba: reevaluar el concepto de una familia. Y es que hay distintos momentos en los que me hizo ruido el comportamiento de algunos personajes.
La abuela era una persona autoritaria; la hermana, sumamente arrogante y no digna de su poder; en fin, características que creí se atenderían cómo parte de algún ejemplo de descubrimiento generacional, de aprendizaje. El personaje del tío Bruno es el más enigmático y su historia, junto a la de Mirabel, pudo haber dado más. Pero no, el guion decide que en muchas ocasiones se resuelvan las cosas por arte de magia -no dentro de la lógica de la película- ; como la subtrama de la hermana. Vaya, sé que es una película infantil, pero sus personajes son extremadamente simples.
En cuanto a la música, hay canciones que funcionan como parte de este homenaje a la cultura colombiana, sin embargo, hay otras que son las clásicas de Disney, que no está mal, pero no me motivaron tanto como «Colombia, Mi Encanto», que me pareció la mejor de todas. Se aprecia la mano de Lin Manuel Miranda en la escritura de la música.
Las voces dobladas se escuchan bastante bien, le dan el tono correcto al acento colombiano y las expresiones de cada personaje son más sinceras, por lo que la recomiendo totalmente en esta versión.
Eso sí, al igual que «Coco», esta película logrará mucha simpatía por el colorido folclor colombiano y emoción para las personas de allá y quienes apreciamos su cultura. Visualmente además, mantiene la calidad a la que nos tiene acostumbrados Disney, un gran nivel en cuanto a la animación y el montaje de la misma.
Encanto es una muy bonita película, musicalmente tiene algo que aportar al mundo que no conoce de la cultura colombiana, pero que la acerca sin duda a la dinámica familiar de Latinoamérica, dónde no importa los problemas que existan, con amor y comprensión se pueden resolver…
El autor es Lic. Comunicación egresado de la Universidad Autónoma de Baja California. Periodista cinematográfico, profesor, cinéfilo; aficionado a los mapas y al análisis político.
